En
silencio te has marchado,
dulcemente,
instante
sereno de un mundo apagado a tus
ojos.
Adiós, viejo olmo,
trabajador infatigable,
quijote de caminos,
emigrante de sueños que has partido
al cielo de tu gloria,
etéreo y grácil,
ligero
como un pajarillo.
Dejas
viuda a la vida y el alma rota,
lágrimas
que el viento arrastra
sobre
esta tierra de todos que tú tanto amaste.
Las
lágrimas de quienes tuvimos la fortuna de conocerte:
tus
amigos, tus hijos…, tus nietos;
lágrimas
sosegadas de quien fue tu compañera en alientos,
tu
apoyo, durante sesenta arduos pero venturosos años.
Ahora,
en ti queda el descanso;
en
nosotros, dolor y memoria.
Tu
memoria.
Tantos
recuerdos como nos has dejado en una existencia plena y larga.
Esas
vivencias, contadas y escritas,
que
me hacen entender cuando las evoco,
cuando
las siento,
lo
mucho que te vamos a echar de menos.
Adiós,
papá.










