![]() |
| Amadeus Dibujo original de Irene G. Fuentes. Acrílico |
Leyes
de la robótica:
- Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño.
- Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto si estas órdenes entran en conflicto con la Primera Ley.
- Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.
Amadeus
De los delicados dedos de Amadeus se iban sucediendo, de
forma casi mágica, las notas de la “Polonesa
Heroica Op. 53”
de Fryderyk Chopin, ante un exigente y reducido auditorio. Durante los rápidos“arpegios”, sus manos se movían con una
maestría y rapidez digna de los mejores concertistas de piano del mundo. Así quedó
patente cuando, una vez terminada la pieza musical, las veinticinco
personalidades que asistían al exclusivo concierto, se levantaron entusiasmados
de sus butacones y durante varios minutos aplaudieron con indisimulado
entusiasmo a Amadeus que, impasible, se levantó lentamente de su taburete y con
respetuosa educación, saludó con leves y estudiadas inclinaciones a su
entregado auditorio. Únicamente un ligero y apenas visible guiño de su gran ojo
derecho hacia ‘Pequeña Señorita’ (Beatriz), la única hija de sus nuevos dueños,
dejó entrever que por aquel cerebro electrónico circulaba la sensibilidad
de unas emociones distintas a las de los miles de robots de su generación
y de otros mucho más evolucionados. Lo que hacía de Amadeus un robot absolutamente
único.
Pocos sabían, ni siquiera el profesor Greg Donovan, que ahora
se afanaba en recibir las felicitaciones de todos, gracias al inesperado
descubrimiento del virtuosismo de su robot, que Amadeus llevaba treinta y siete
años tocando el piano, y que lo que acaban de presenciar no era más que una
breve muestra de la agilidad y el grado de virtuosidad de la que el robot era
capaz.
Amadeus fue en su nacimiento un prototipo robótico más
salido de los laboratorios de la empresa US Robots and Mechanical Men, Inc.
aunque algo debió de ver en él la
Dra. Dana Calvin, robopsicóloga y una mujer con un carácter de acero que
entendía como nadie el cerebro de los robots, para adoptarlo y formarlo
personalmente. A pesar de la fama que la precedía de dura y tenaz, la
Dra. Calvin era una mujer que en su doble
cara ocultaba una gran sensibilidad artística y un profundo amor por la música
clásica. Ambos valores se encargó de dotárselos al robot de la serie NDR-02,
aunque al cabo de muy poco tiempo, y como si de un guiño se tratara, lo bautizó
con el nombre de Amadeus, en honor del gran genio Wolfram Amadeus Mozart.
-
¡Algún día tocarás
sus propias obras, únicamente es cuestión de paciencia y trabajo! - Le
repetía mientras el inexperto robot aporreaba una y otra vez las teclas del
piano durante aquellos primeros días en que aterrizó en la retirada y espaciosa
casa. Entretanto, la doctora se afanaba
en hacer ajustes y más ajustes en el delicado cerebro forrado de transistores y
diodos del androide.
En muy pocos meses, Amadeus ya era capaz de tocar sencillas
canciones al piano y en dos años ya se atrevía, con buen éxito, con algunas composiciones
de Chopin y el propio Mozart. Aun así, para la Dra. Calvin no era
suficiente y quiso ir mucho más allá. Cuando Amadeus ya era capaz de entender
perfectamente el sentido de la música en su codificado cerebro electrónico,
fabricó, siempre de una manera totalmente secreta, un par de manos de una
aleación de titanio, oro y nuvio, un
material revolucionario y de reciente descubrimiento, que dio como resultado
una combinación con unas propiedades de una maleabilidad y una dureza extraordinarias.
Una vez transplantadas, el resultado fueron unas manos únicas, extremadamente
finas y delicadas, sus largos dedos las dotaban de una agilidad, rapidez y
destreza como nunca antes se había visto. Amadeus se adaptó con insólita
rapidez a sus nuevos miembros, al fin y al cabo era un robot y bastaban algunos
pequeños ajustes en su cerebro para que el cambio no fuera para nada
traumático. Más bien al contrario, él mismo pareció reconocerse mejor en sus
nuevas y maravillosas manos. La evolución musical de Amadeus mejoró
ostensiblemente.
Con el tiempo, y también de forma reservada y entre medias verdades, fue contratando a los mejores profesores de música que pudo encontrar. En quince años, Amadeus, era sin duda el mejor concertista del mundo. Aunque el piano siempre fue el instrumento preferido y el que mejor dominaba Amadeus, con el tiempo también fue aprendiendo otros muchos instrumentos como el clavicordio, la guitarra o el violín. Todos ellos los dominaba en poco tiempo y con maestría.
Durante los siguientes veintidos años, y hasta la muerte de
la Dra. Calvin,
en un absurdo accidente, por una fortuita explosión en el propio laboratorio,
ella y su pequeño grupo de escogidos amigos, fueron testigos de los mejores
conciertos privados que jamás persona alguna pudo escuchar. La doctora nunca
quiso compartirlo por peligroso, siempre estuvo convencida de que la humanidad
no estaba preparada para aceptar el hecho de que los robots tuvieran
sentimientos y emociones y sobretodo que fueran capaces de plasmarlos de una
manera tan clara y tangible, lo que, según ella, los acercaba mucho a poseer lo
que se conocía como el Alma. Amadeus
en cada una de las sublimes notas que era capaz de ejecutar con sus prodigiosos
dedos, demostraba sobradamente esa creencia. Nunca en la historia de la
robótica había existido un robot como él, su cerebro artificial era capaz de
convertir en puro sentimiento armónico lo que sus oídos mecánicos y sus
componentes electrónicos eran capaces de percibir.
Mientras tanto, Amadeus tenía las funciones de un robot
doméstico más, y como tal era considerado cuando entró, de manera casual, a la
casa del profesor Greg Donovan, joven y brillante robopsicólogo que llegó para
hacerse cargo del puesto de la doctora en la compañía tras su inesperada
muerte. No tardó más de un año el profesor Donovan en darse cuenta de las
virtudes que Amadeus tenía con el piano. Inicialmente, y como robot niñera que
era, sus funciones eran las de cuidar de ‘Pequeña Señorita’, así llamaba Amadeus,
con su voz ligeramente metálica, a la hija pequeña del matrimonio. El androide
se dirigía a su amo como ‘Señor’ y a su esposa, la señora Donovan, como ‘Señora’, el mismo nombre que usara durante
tantos años para dirigirse a la
Dra. Calvin. Sus programas de protocolo hacia las personas le
indicaban que ese y no otro era el tratamiento adecuado.
El descubrimiento casual sucedió un día, ocho meses después
de la llegada a la nueva casa. Como parte de la educación elitista de Beatriz, compraron
un piano y lo instalaron en el centro del amplio comedor. Algo en la
comunicación eléctrica de los circuitos de Amadeus hizo que diera algo parecido
a un respingo y como si un perrito se tratara, no dejó de seguir a los forzudos
operarios, también robots, que transportaban como si fuera una pluma la enorme
y elegante caja negra que era el piano de cola. Aun así, algunos impulsos
eléctricos, desconocidos para él, le indicaban que no era adecuado intentar tocar
algo que previamente no le hubiera indicado alguno de los humanos. Por más que
los dedos, de una manera espasmódica aunque imperceptible, se le movieran de
arriba abajo.
Así estuvo durante casi
dos meses, sus grandes ojos se iban detrás del hermoso piano, aun sin querer.
Ocurrió un día, de repente sintió un extraño impulso, que no reconoció, y que
le llevó a preguntar a la niña lo que para él y su estricta educación de robot
doméstico, era impensable en circunstancias normales.
-
Pequeña Señorita ¿me
permite que le enseñe una canción con el piano? – rápidamente se dio cuenta
de que no sentía ninguna sacudida eléctrica que le incitara al arrepentimiento, por lo que se sintió contento
de haber realizado la pregunta, y más después de la respuesta de la niña.
-
Amadeus,
¿no me digas que sabes tocar el piano?, ¡que bien..,anda, tóca algo…, venga! – Beatriz
se sentía entusiasmada.
La niña se retiró del taburete y
Amadeus, sentándose, interpretó la
Sonata
op.27 "Claro de Luna" de Ludwig Van Beethoven.
Sus dedos se fueron moviendo por
las teclas del piano con una delicadeza y una suavidad como casi no recordaban
sus circuitos de memoria RAM, con cada sonido, él mismo, se iba envolviendo de
la dulzura y el sentimiento que generaban las propias notas y fue sintiendo
como unos lentos movimientos espasmódicos de su cabeza, se cimbreaban al compás
de la hermosa melodía, algo extraño hasta ese momento en él. Por un momento
sintió que algunos transistores le ardían en la cabeza y vio como unos potentes
destellos en el interior de su cabeza de policarbonato recubierta de aluminio y
titanio, le transportaban a algunos años atrás, cuando la
Dra. Calvin se apoyaba sobre el piano junto
a él y escuchaba, agradecida, aquella maravillosa canción. Sin duda no fue su
mejor ejecución, pero si la que más pasión y sentimiento le estaba generando. Los
circuitos de Amadeus se olvidaron de todo cuanto le rodeaba, tanto fue así, que
no se dio cuenta de que ‘Señora’, intrigada por la bellísima melodía que
sonaba, y sabiendo que la niña se encontraba sola con el robot, se había
acercado y los miraba asombrada y fascinada al mismo tiempo.
En poco tiempo, la majestuosidad y
el virtuosismo de Amadeus con el piano era conocida por toda la ciudad y por
supuesto por toda la comunidad científica. Pronto Amadeus se iba a convertir en
toda una celebridad y en un importante asunto de estado a nivel mundial.
Al concierto exclusivo y privado
del profesor Donovan habían asistido algunos de los más eminentes robotólogos, así como los secretarios de estado de varios de los más poderosos
países del mundo. Todos con el único afán de escuchar a Amadeus y el
extraordinario don que aseguraban poseía. Su cerebro electrónico y sus manos
iban a ser concienzudamente estudiados, todos eran conscientes de que ese don
sobresalía con creces las, en ocasiones, extraordinarias prestaciones que un
robot, incluso los de última generación, eran capaces de aportar, sobre todo
por la capacidad que Amadeus tenía para interpretar algo tan intangible como
era la música. El robot no se limitaba a interpretarla, eso ya lo hacían muchas
otras máquinas, en Amadeus se percibía un sentimiento y una emoción, en aquella
prodigiosa manera que tenía de expresar la música, que era extremadamente difícil
de alcanzar, incluso en los propios humanos. Amadeus era un genio, y eso no se
podía programar de ninguna manera, al menos nunca hasta el día de hoy se había
podido. La doctora Dana Calvin lo había conseguido y lo había guardado para
ella, llevándose el secreto a la tumba.
El profesor Donovan exultante
como estaba ante el éxito del concierto y de la prueba a la que estaba siendo
sometido su robot, negociaba los términos de la cesión de Amadeus a la propia
compañía US Robots and Mechanical Men, Inc., por una suculenta cifra, repleta
de millonarios ceros. Este, ajeno a todo, como no podía ser de otra manera, y
cumplida su agradecida labor de tocar con todo el sentimiento y la maestría de
la que era capaz, se entregaba, igualmente agradecido, a la tarea para la que
estaba en realidad programado, cuidar de Beatriz, ‘pequeña señorita’, que
traviesa se empeñaba en corretear por entre los invitados, mientras él, a duras
penas trataba de seguirla con sus semirígidas y pesadas piernas de
policarbonato y titanio, sin duda la diferencia entre sus manos y sus piernas
era más que evidentes, y de eso se aprovechaba la revoltosa niña para correr y
burlarse de Amadeus.
El profesor Donovan reclamó su
atención y el robot, siempre servicial y consciente de las prioridades, dejó
cuanto estaba haciendo y se acercó al exclusivo e importante círculo de personalidades.
Rápidamente fue rodeado y examinado hasta el más mínimo detalle por los
curiosos y observadores ojos de todos los allí presentes. Obviamente Amadeus no
se sentía incómodo, su programa de protocolo al estar rodeado de humanos le
indicaba que la posibilidad de ser estudiado existía y por lo tanto para él no
suponía ningún quebranto, simplemente se mantenía impávido y poniendo la mejor
cara alegre que sus escasos movimientos faciales le permitían, se limitaba a
posar.
Nadie reparó en que Beatriz se
encontraba en una sala contigua y vacía. Sola. En la habitación y como parte de
la decoración se encontraban varias lámparas de pie con grandes velones que
siempre se mantenían encendidos, muy cerca de ellos estaba el gran ventanal con
las enormes cortinas semicerradas. Fue al juguetear entre ellos, que una de las
lámparas cayó. Un pequeño fuego se inició y la niña al darse cuenta de lo
sucedido intentó salir corriendo. Tan asustada iba al ver el fuego que no tuvo
en cuenta los dos escalones que hacía sólo unos segundos había subido. La mala
suerte quiso que al caer lo hiciera sobre una pequeña mesa de mármol
golpeándose en la cabeza y perdiendo el conocimiento.
Cuando se oyeron los primeros
gritos al ver el denso humo que salía de la habitación, todos se alarmaron. El
pánico general hizo que gran parte de los invitados saliera corriendo por el
jardín de la casa para ponerse a salvo. El profesor Donovan y su esposa
buscaban desesperados a su hija que no aparecía. Ambos vieron como Amadeus se
dirigía a la habitación de la que salía el humo y abría de par en par las
puertas. Una llamarada, acompañada de una gran bocanada de humo negro lo envolvió, cambiando su
agradable color gris-perla metálico, en desagradables tiznajos negros. La sala
estaba completamente en llamas y por un momento dudó. De repente todos sus
circuitos se pusieron en alarma y de alguna manera hasta el último transistor
del que estaba fabricado parecieron gritarle provocándole incluso un dolor
desconocido por él hasta ese momento. A su cerebro llegaron unas leyes genéticas
que su memoria trató de recordar. Ahora, esa ley robótica marcada indeleblemente
en todos y cada uno de sus componentes electrónicos, le empujaba a actuar.
Rápidamente Amadeus entró y buscó a la niña entre las
llamas, la vio en medio del voraz infierno en que se había convertido la
habitación. Las fuertes barras metálicas de las cortinas, rojas de
incandescencia, amenazaban con caer encima de la niña. En esos momentos no podía
saber si la niña estaba viva o si se
había ahogado debido al denso humo que la rodeaba. Aun así, se acercó
corriendo, todo lo rápido que los pequeños pasitos cortos de sus pesadas
piernas le permitían, llegando a tiempo para sujetar la barra que caía en ese
momento.
Justo en el instante en que tocó la pesada barra
incandescente, sintió como sus manos y sus dedos, de alguna manera cedían al
calor. Pero no la soltó. Su genética más primigenia le impedía hacerlo. Se
mantuvo así durante casi un minuto, no podía soltarla, no tenía fuerzas suficientes
para lanzarla, únicamente podía apartarse y dejarla caer, pero debajo estaba la
niña y eso no era posible. Poco a poco iba notando como la cabeza se le estaba
calentando en exceso, empezó a sentir como unas pequeñas explosiones iban
desconectando parte de su cerebro electrónico. Fue en ese momento, cuando
sentía que su fuerza robótica cedía inexorablemente por el intenso calor, que
vio que ‘Señor’ se acercaba corriendo y recogía a la niña. Cuando se la llevó
de allí, Amadeus se vio liberado para soltar el pesado rulo ardiente de metal.
Cuando salió de la habitación, apenas nadie reparó en él,
todas las atenciones estaban en la niña, a la que trataban de reanimar. Cuando
Amadeus quiso acercarse a ‘Pequeña Señorita’, ésta se recuperaba entre espasmos
de tos. Tenía la ropa y la mayor parte del pelo quemado y los rasgos de su
carita, negra como estaba, apenas se le distinguían. Amadeus intentó sonreír
aliviado.
Cuando distraídamente dirigió la mirada a uno de los
grandes espejos que formaban el gran salón, se vio a si mismo. Él no le dio
importancia, no estaba programado para ello, era un robot, y no tenía
sentimientos de dolor, ni de culpa, ni de heroicidad así como tampoco de su
propia identidad o naturaleza, más allá de la de servir a los humanos. Aun así
le pareció curiosa la imagen que el espejo le devolvía de si mismo, ésta era la
de un amasijo de metal ennegrecido y abombado, la cabeza sólo tenía parte de un
ojo y la boca y el resto de sus rasgos faciales, habían desaparecido derretidos,
y las manos, esas manos exquisitas y delicadas de dedos largos y armónicos, prácticamente
se habían fundido. Simplemente ya no existían.
Desde aquel día, Amadeus tuvo serios problemas de
coordinación y estabilidad. Le transplantaron las manos, le pusieron un nuevo
recubrimiento de policarbonato y
reestructuraron sus dañadas aleaciones de titanio y aluminio. Su aspecto volvió
a ser muy parecido al que tenía antes del incendio, pero sus manos ya no
servían nada más que para servir el té por las tardes a ‘Señora’ y a sus amigas,
a pesar de que siempre se le derramaba parte del líquido por su constante
tintineo, o para ayudar en sus juegos de construcción, a ‘Pequeña Señorita’ aunque
las piezas debían de ser grandes y maleables. Su cerebro muy dañado, fue parcialmente
reconstruido, la mayor parte de los circuitos hubo que cambiarlos, incluida su
RAM, pero Amadeus siempre tuvo una pronunciada descoordinación y torpeza, y ya nunca recordó
quién o que había sido. Simplemente era una máquina más, útil para lo que había sido creado. Un robot doméstico muy
recomendado para el cuidado de los niños, siempre alegre, sonriente y positivo.
Con el tiempo el profesor Donovan quiso deshacerse del
robot por la poca utilidad que era capaz de aportar a la familia, pero Beatriz,
a quién Amadeus siempre siguió llamando ‘Pequeña Señorita’, aun con el
transcurrir de los años, se empeñó en mantenerlo a su lado, a pesar de su
evidente torpeza y la poca utilidad.
Y así fue durante todo el resto de su vida.
Y así fue durante todo el resto de su vida.
Ilustración: Amadeus - Irene G. Fuentes. Acrílico



=)
ResponderEliminarHola José Vte.
ResponderEliminarSabes un relato que me ha llenado de ternura.
Lo he estado leyendo con mucha atención.
Ahora ya son las 23,40 h.
No miro la TV. estoy leyendo Posts.
La verdad qur ha valido la pena, es como una historia ejemplar del Siglo XXI.
Menos mal que la niña quiso al robot a su lado.¡ Ah! y la ilustración de Irene una pasada de creatividad. Es muy buena.
Creo que soy la primera en comentar.
Sor Cecilia ya está en Argentina.
Te mando un abrazo, Montserrat
Esta narración me ha recordado indirectamente a la peli "El hombre bicentenario", creo. ¿Sabes? Me ocurre lo mismo con ciertos objetos inútiles, que no me han salvado la vida, pero llevan implícitos tiempos pasados, y me lo recuerdan solo con verlos, aún escacharrados. ¡Sentimentalismo! Bss.
ResponderEliminarEspero que siempre esté a años luz de la realidad...
ResponderEliminarSalud
Todos nosotros, con los años, vamos notando como se nos funden los circuitos. Algunos, con suerte, tienen una Beatriz agradecida. Otros van, directamente, a una residencia.
ResponderEliminar¿Y qué pasó cuando ella falleció? ¿Quién lo heredó? Fue a parar a un coleccionista de antigüedades y lo aceitó y mimó como la alhaja que era?
ResponderEliminarAh, vale.
Beso y café. Feliz domingo.
A mí también me hubiese gustado tener un Amadeus conmigo que me protegiera durante mi infancia, lo hubiera mantenido a mi lado para siempre.
ResponderEliminarBuen relato, José Vicente.
Un abrazo.
Sin querer me has evocado en el tema manos a "Eduardo manos tijeras", aquel ser que hacía maravillas en los jardines. Dicen que la música aplaca a las fieras, puede entrar en los circuitos de un robot y seducirle, otorgarle el sentimiento y la emoción. El mayor virtuisismo de Amadeus consistió en salvar la vida de la pequeña, estaba programado para eso, desde luego cumplió.
ResponderEliminarTiramos los trastos viejos que en su momento nos gustaron, encerramos a los no productivos viejos y viejas,a lo sumo reciclamos,la sociedad antes opulenta, la de acumular cosas, ahora es un desperdicio sin rumbo fijo, a veces da ganas de ser robot.
Un cuento emotivo, bien labrado, una réplica a la que los electrodos y componentes convierten en un ser aproximadamente ejemplar, de esos que no existen. Besito y felicitaciones.
Quedas muy claro las tres leyes de la robótica. Es un excelente texto; por un momento pensé que tal vez, Amadeus tuviera algo que ver en la misteriosa muerte de la Dra. Calvin, pero él no pudo evitar ese accidente. Me gusta la idea de que la persona que lo creó lo disfrutara en cierto modo, oculto para los demás y de ahí que el final haya sido justo para él: fue concebido para deleitar a una persona, no a un amplio público.
ResponderEliminarSin duda me gustó tu historia. Aquello que se presenta como torpe, descoordinado y falta de sincronía, convive en nuestro interior y alrededor, por lo que nos hace más humanos.
un abrazo escritor :)
Hola JOsé Vte, vengo a dejarte el enlace del calendario para la publicación de reseñas de maldita, para que te pases y me digas si te viene bien o no.
ResponderEliminarBesos
Lupa
http://acurrucadaentreletras.blogspot.com.es/2012/05/calendario-resenas-maldita.html#comment-form
Yo creo que un robot no tendria que sustituir nunca a un ser humano,estos tendrian que ser solamente para ayudar.
ResponderEliminarHas visto EL HOMBRE DEL BICENTENARIO? pues tu relato me llevó directamente al film. Encantador.
ResponderEliminarY Amadeus, encantador en humano y en robot.
Baci!
Nina, si que conozco la película y sobre todo el relato corto "El hombre Bicentenario", en la antrior entrada donde hablo de las leyes de la robótica ya la presento como una obra maestra. He de reconocer que mi relato está inspirado, de alguna manera, en el ambiente de esa historia.
EliminarMuchas gracias por tus palabras, y desde luego a todos los que habéis tenido a bien comentar el relato, tanto aquí como en la anterior entrada, que además supuso el trabajo de descagar el pdf. Se que es un relato muy largo para leerlo en el ordenador, pero salió así. Por eso mi agradecimiento es doble.
Gracias a todos y un abrazo